La semana pasada, al salir de trabajar, me paré a tomar una cañita. Solecito, una temperatura agradable y la firme convicción de seguir la dieta Michelín fueron de gran ayuda para tomar la decisión.
Al llegar a mi destino, casi todas las mesas del bar estaban vacías. Antes de sentarme, tuve que analizar cada una de las opciones posibles. Dentro no, fuera sí. En la esquina más húmeda no, en aquel rincón tampoco. En primera línea bien, pero no en medio ni junto al aparcamiento de bicis. Después de desmenuzar cada posibilidad y recorrer lentamente la terraza ante la impaciente mirada del camarero, me aproximé a la que, según mi parecer, era la mesa ideal. El problema es que estaba sin recoger, por lo que tampoco me pareció una buena opción. ¿Qué pensará el camarero si me siento aquí? ¿Le dará un toque especial y espumoso a mi cerveza? Desestimada esta posibilidad, me senté en una mesa mitad sol, mitad sombra. Al poco rato tuve que cambiar a otra más alejada de primera línea, demasiado movimiento. Y poco después cambié otra vez, el sol no me permitía leer. Si hubiera pedido una segunda cerveza tendría regalito asegurado.
Al llegar a mi destino, casi todas las mesas del bar estaban vacías. Antes de sentarme, tuve que analizar cada una de las opciones posibles. Dentro no, fuera sí. En la esquina más húmeda no, en aquel rincón tampoco. En primera línea bien, pero no en medio ni junto al aparcamiento de bicis. Después de desmenuzar cada posibilidad y recorrer lentamente la terraza ante la impaciente mirada del camarero, me aproximé a la que, según mi parecer, era la mesa ideal. El problema es que estaba sin recoger, por lo que tampoco me pareció una buena opción. ¿Qué pensará el camarero si me siento aquí? ¿Le dará un toque especial y espumoso a mi cerveza? Desestimada esta posibilidad, me senté en una mesa mitad sol, mitad sombra. Al poco rato tuve que cambiar a otra más alejada de primera línea, demasiado movimiento. Y poco después cambié otra vez, el sol no me permitía leer. Si hubiera pedido una segunda cerveza tendría regalito asegurado.
Cuantas más opciones, más difícil es la elección y mayor el esfuerzo. Nos preocupa tomar la decisión equivocada o menos buena. Sufrimos lo que se llama "parálisis de decisión". Está demostrado que si tenemos pocas opciones para escoger, decidimos más rápido y nos sentimos más seguros de nuestra decisión. Ya lo publicó en el 2005 el psicólogo Barry Schwartz en el libro "¿Por qué más es menos?". Pero mi sensación es que vivimos en una sociedad y un mundo que va a menos. Y si más es menos, menos debería ser más. Pero yo no me siento más seguro, ni más cómodo. Menos no es más. Así que voy a por otra cerveza. Y esta vez espero que haya pocas mesas vacías.
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